Cuando era chica, subir sola hasta mi pieza me daba
miedo. Mucho miedo. No parecía haber motivos, pero a mi hermana le pasaba lo
mismo.
Recién varios años después encontramos una especie de
porqué.
Cada vez que vuelvo, esta casa se siente un poquito menos
casa; de a poco empecé a formar parte de otros lugares, de otras paredes, de
otras historias. Pero no todas las cosas cambian.
Siguen ahí, intactas, esas ganas incómodas de salir
corriendo cada vez que subo a oscuras las escaleras. De cerrar fuerte los ojos.
*
Mi perro no tenía permitido subir hasta nuestra pieza. En
ese caso, las camas hubiesen corrido el peligro de llenarse de sus pelos.
Algunas veces, mi vieja salía a hacer compras o trámites
a la mañana mientras nosotras seguíamos durmiendo. Ahí era cuando el chabón se
angustiaba: empezaba a llorar, a mirar por la ventana, a caminar nervioso al
lado de la puerta. No se bancaba esa sensación inexplicable de abandono.
Me acuerdo del sonido furtivo de sus patitas subiendo las
escaleras. De su nariz húmeda haciéndome cosquillas en la oreja.
*
Algunas mañanas eran distintas. Te despertaba el
silencio.
No había ruidos ni de autos, ni de viento, ni de gente.
Las ventanas, empañadas, brillaban; te enceguecían si las mirabas durante un
rato muy largo.
Nos levantábamos rápido para prender la radio: en algún
programa local se avisaba cuáles eran las escuelas que decidían suspender las
clases. Hasta último minuto nos duraba la esperanza de pasar toda la tarde
afuera, tirándonos en trineo, armando muñecos de nieve.
*
Algunas mañanas eran iguales a cualquier otra.
La noche anterior, mientras empezaban a caer los primeros
copos, le dedicábamos un rato largo a mirar por la ventana y a dibujar nubes y
muñecos de nieve sobre los vidrios empañados. Era una especie de ritual:
mientras más dibujos, más probabilidades de que la ciudad amaneciera cubierta
de blanco.
Pero no siempre funcionaba. Muchas veces, la fina capa
que había llegado a juntarse simplemente se derretía durante la noche.
*
Cuando era chica me decían que tenía la mirada triste. De
grande, más de una vez me volvieron a hablar sobre mi forma de mirar. Parece tener
algo que a veces llama la atención, o que hasta incomoda: la cara seria, las
pupilas fijas en los ojos de la otra persona
(aunque no sean tantas las veces que me animo a mirar a los ojos).
Antes no me daba cuenta. Lo entendí después, en medio del
silencio, mirando el lago y la montaña. La superficie prácticamente inmóvil,
como un espejo, dejando ver las piedras del fondo.
Mi forma de mirar se parece un poco a mi forma de mirar el lago. Hipnotizada,
buscando detalles. Como sacando una foto.
*
Mi sobrino vacía sobre la mesa el balde de legos. Ese
ruido, explosivo y caótico, me resulta demasiado familiar.
Antes de que existieran mis sobrinxs, los legos fueron
uno de los pasatiempos favoritos para mí y para mi hermana. Hasta habíamos
desarrollado una técnica especial para guardarlos más rápido cuando llegaba la
hora de despejar la mesa para cenar: sostener el balde bien pegado al borde de
la mesa, a la misma altura, y empujar los legos hasta que cayeran adentro. La
mitad terminaban en el piso, escapándose por los costados.
Ahora también hay legos en el piso. Antes de que nosotras
existiéramos, el balde le perteneció a mis hermanxs mayores. La cantidad de
piezas se fue reduciendo con el paso de los años. A veces ni siquiera conseguimos
encontrarlos pasando la escoba: parece que simplemente desaparecieran.
Un muñequito de lego terminó en nuestro equipaje cuando
nos mudamos a Bahía. Nunca supimos bien cómo. Simplemente apareció ahí.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario