martes, 31 de julio de 2018

equilibrios


¿te diste
cuenta
alguna vez

en esas
mínimas
cuadras

de que yo
dejaba
a propósito
la bici en casa?

*

pedalear
te graba mapas
en el cuerpo

te deja
recorridos
adheridos

aunque sepas
hace rato
que no sirven

*

¿te acordás
de esta esquina y

de mi bici en
el cordón de
la vereda?

sábado, 21 de julio de 2018

fotos viejas


Cuando era chica, subir sola hasta mi pieza me daba miedo. Mucho miedo. No parecía haber motivos, pero a mi hermana le pasaba lo mismo.
Recién varios años después encontramos una especie de porqué.
Cada vez que vuelvo, esta casa se siente un poquito menos casa; de a poco empecé a formar parte de otros lugares, de otras paredes, de otras historias. Pero no todas las cosas cambian.
Siguen ahí, intactas, esas ganas incómodas de salir corriendo cada vez que subo a oscuras las escaleras. De cerrar fuerte los ojos.

*

Mi perro no tenía permitido subir hasta nuestra pieza. En ese caso, las camas hubiesen corrido el peligro de llenarse de sus pelos.
Algunas veces, mi vieja salía a hacer compras o trámites a la mañana mientras nosotras seguíamos durmiendo. Ahí era cuando el chabón se angustiaba: empezaba a llorar, a mirar por la ventana, a caminar nervioso al lado de la puerta. No se bancaba esa sensación inexplicable de abandono.
Me acuerdo del sonido furtivo de sus patitas subiendo las escaleras. De su nariz húmeda haciéndome cosquillas en la oreja.

*

Algunas mañanas eran distintas. Te despertaba el silencio.
No había ruidos ni de autos, ni de viento, ni de gente. Las ventanas, empañadas, brillaban; te enceguecían si las mirabas durante un rato muy largo.
Nos levantábamos rápido para prender la radio: en algún programa local se avisaba cuáles eran las escuelas que decidían suspender las clases. Hasta último minuto nos duraba la esperanza de pasar toda la tarde afuera, tirándonos en trineo, armando muñecos de nieve.

*

Algunas mañanas eran iguales a cualquier otra.
La noche anterior, mientras empezaban a caer los primeros copos, le dedicábamos un rato largo a mirar por la ventana y a dibujar nubes y muñecos de nieve sobre los vidrios empañados. Era una especie de ritual: mientras más dibujos, más probabilidades de que la ciudad amaneciera cubierta de blanco.
Pero no siempre funcionaba. Muchas veces, la fina capa que había llegado a juntarse simplemente se derretía durante la noche.

*

Cuando era chica me decían que tenía la mirada triste. De grande, más de una vez me volvieron a hablar sobre mi forma de mirar. Parece tener algo que a veces llama la atención, o que hasta incomoda: la cara seria, las pupilas fijas en los ojos de la otra persona  (aunque no sean tantas las veces que me animo a mirar a los ojos).
Antes no me daba cuenta. Lo entendí después, en medio del silencio, mirando el lago y la montaña. La superficie prácticamente inmóvil, como un espejo, dejando ver las piedras del fondo.
Mi forma de mirar se parece un poco a mi forma de mirar el lago. Hipnotizada, buscando detalles. Como sacando una foto.

*

Mi sobrino vacía sobre la mesa el balde de legos. Ese ruido, explosivo y caótico, me resulta demasiado familiar.
Antes de que existieran mis sobrinxs, los legos fueron uno de los pasatiempos favoritos para mí y para mi hermana. Hasta habíamos desarrollado una técnica especial para guardarlos más rápido cuando llegaba la hora de despejar la mesa para cenar: sostener el balde bien pegado al borde de la mesa, a la misma altura, y empujar los legos hasta que cayeran adentro. La mitad terminaban en el piso, escapándose por los costados.
Ahora también hay legos en el piso. Antes de que nosotras existiéramos, el balde le perteneció a mis hermanxs mayores. La cantidad de piezas se fue reduciendo con el paso de los años. A veces ni siquiera conseguimos encontrarlos pasando la escoba: parece que simplemente desaparecieran.
Un muñequito de lego terminó en nuestro equipaje cuando nos mudamos a Bahía. Nunca supimos bien cómo. Simplemente apareció ahí.