ya es casi un ritual:
primero hay que juntar
ramitas, hojas secas
(tampoco tantas)
después, ramas
un poco más grandes,
esas que se caen con el viento
si son muy largas, se pueden quebrar
usando una rodilla
y las dos manos,
pero teniendo cuidado con las astillas
también hacen falta
algunos troncos bien gruesos
y bien secos,
que duren bastante
todo esto hay que hacerlo
cuando todavía queda luz
casi siempre hay alguna estructura
de piedras negras
ya armada por caminantes anteriores
conviene despejar un poco
la tierra alrededor,
como para que nada se prenda,
y juntar agua en las botellas
para tener cerca, por las dudas
a veces hay que hacer varios intentos,
con varios fósforos,
o agregar algún pedazo de papel
y cuando ya no queda más abrigo para ponerse
y las piernas están empezando a pasar factura,
ahí aparece
está bueno acercar troncos para sentarse
al principio hay charlas,
risas, vino,
con suerte canciones
pero, después,
todo se va volviendo
cada vez más silencioso
las ramas de los árboles,
recortadas contra el cielo,
de a poco dejan de distinguirse
y, si te alejás un rato
para poder ver mejor las estrellas,
te das cuenta del olor a humo
que se te fue juntando
en la ropa
y en el pelo
y en el pelo
aunque vuelven rápido las ganas
de estar cerca del calor
de los crujidos irregulares
que sueltan chispas en el aire
y hacen que se vuelva
cada vez más difícil
apartar la mirada
hay algo de danza
en esas imágenes
tan vivas,
tan vivas,
tan
inasibles,
en las sombras que se forman
como si el tiempo
quedara lejos,
quedara lejos,
o como si todo
de a poco
de a poco
quedara lejos
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